Desde el principio de los tiempos, cada época ha representado para la
humanidad muchísimas dificultades: Hambre, enfermedad, guerra, desolación. Todo esto siempre
han estado presente. Hoy día, en pleno el siglo XXI, nos enfrentamos a las mismas dificultades, siendo más efectivos y eficientes en cuanto a destrucción se refiere. Hoy también contamos con medios de transporte que nos permiten dar la vuelta al
mundo en cuestión de horas, o el comunicar imagen, voz y datos a cualquier
punto del planeta a tiempo real. Esto al hombre (hombre o mujer) también le ha abierto el sendero de la
soberbia, al permitirle pensar al hombre común que una religión se puede cambiar
por ejercicios de espiritualidad, o que uno puede ser un ente independiente, en comunión con
Dios, aislado, solo y de manera autodidacta. Esto último, el creer en Dios de manera independiente y aislada no tiene
sentido, y mucho menos si uno intenta denominarse creyente o seguidor de Jesucristo, considerando que
uno de los mensajes importantes de Jesucristo fue amar a nuestros semejantes,
como a nosotros mismos.
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El creer en Dios no es simplemente gritarlo a los cuatro vientos y esporádicamente
tomar una biblia y hojearla. Creer en Dios implica necesariamente formar parte
de una congregación religiosa, porque es indispensable estar en contacto (y comunión)
con otras personas. Entender quien es Jesucristo y quien es nuestro Padre
Celestial, el entender el Plan de Salvación, lo importante de la vida en
familia, la forma de ser digno de poseer el sacerdocio y el poder disfrutar del
Espíritu Santo, todo esto no son cosas que se pueden conocer y disfrutar de manera
aislada, o de manera autodidacta. Forzosamente necesitamos que otras personas
nos guíen (Misioneros) y forzosamente necesitamos de una metodología para
entender el evangelio y vivirlo en carne propia. Los manuales los tenemos (los
libros canónicos – Antiguo y Nuevo Testamento), pero necesitamos de una guía para
poder escudriñar las escrituras con orden. El entender el sacrificio de
Jesucristo y su exaltación, y estar consientes de cómo nosotros participamos
del Plan de Salvación, con nuestras familias eternas requiere de nuestra activa
participación en una congregación religiosa o Iglesia. “Llegarán al
conocimiento de su Redentor y de los principios exactos de su doctrina, para
que sepa cómo venir a él y ser salvados” (1 Nefi 15:14).
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Sé que las personas desean sentirse seguras en un mundo de valores
cambiantes. Desean tener paz en este mundo y la vida eterna en el mundo
venidero (D. y C. 59:23), pero no llegan a la verdad solo porque no saben donde
hallarla (D. y C. 123:12). "La redención vienen en el Santo Mesías y por medio de
él, y nadie puede morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos,
y su misericordia, y gracia del Santo Mesías" (2 Nefi 2:6,8).
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Yo llegue a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días
buscando respuestas, y gracias a esa búsqueda por fin pude ser bautizado tres
años después. Entre más leía y escudriñaba las escrituras, sabía que dirigía mis
pasos por el camino correcto. Tuve la oportunidad de recibir al Espíritu Santo
en el sacramento de la Confirmación, y nuevamente disfrute de la presencia del Espíritu
Santo al recibir el Sacerdocio Aarónico, en el oficio de Presbítero. Y dentro
de las responsabilidades del oficio de Presbítero tuve la oportunidad de
participar en la consagración de la Santa Cena. Disfruto mucho el recordar toda
esta serie de acontecimientos en mi vida, y al mismo tiempo siento la
responsabilidad de ser digno en los llamamientos que se me hagan, y uno de
ellos es estudiar y compartir las escrituras, porque el Señor ha dicho: “No
intentes declarar mi palabra, sino primero procura obtenerla, y entonces será
desatada tu lengua; luego, si lo deseas, tendrás mi Espíritu y mi palabra, si,
el poder de Dios para convencer a los hombres” (D. y C. 11:21).
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Por lo anterior me atrevo a escribir estas líneas, porque el
Espíritu Santo me guía a escribir que Jesucristo vino al mundo a darnos el
mayor de los regalos, nos dejo su palabra y su intensión no era que estuviéramos
solos o que fuéramos autodidactas. Jesucristo nos dejo su Iglesia porque quiere
que formemos parte de ella, y que aprendamos su evangelio para vivirlo aplicándolo
dignamente a nuestras vidas. En lo personal testifico que formar parte de la
Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, me ha traído mucha paz
y tranquilidad en mi vida, y ha sido la herramienta más poderosa que he
conocido para resolver las necesidades y problemas de mi familia y de mi propia
vida. La Iglesia me guía a ejercer mi derecho al libre albedrío de manera eficaz y eficiente.
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Comparto lo anterior en el nombre de Jesucristo. Amén.
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